martes, 18 de octubre de 2016

Amores en fuga

Vista de Salamanca desde su río Tormes. 16 de octubre de 2016.

Llegará el tiempo de guardar los remos.

Un día de estos llegará el camión que se lleve las barcas del río. Las guardarán en un remoto almacén apiladas como fichas de dominó, como chocones coches después de la feria, como felices fotos en una vieja lata de galletas.

Luego el cauce negará su anchura, y solo las hojas de los árboles podrán navegar por su cauce sin horas. Serán las de los chopos de la ribera; esa pasarela otoñal del recurrente desdecirse de lo verde para mostrar vistosos abrigos de hojalata dorada, cárdena, terrosa..., y de nada, como el desamor de las raspas de los árboles.

Llegan ya los días de viento rasposo, pues el otoño es un lugar propicio para la lírica, y sonará la lira del aire convocante y triste como de la armónica de Bob Dylan.
Echaré de menos las barcas del estío, los paseos acuáticos por tus besos, la liquidez del tiempo en tu cuerpo, y ese continuo remar voluntades que es el amor.

Sí, nuestro río Tormes se quedará sin barcas, pero a mí -porque el amor, como el tiempo y el agua ,está siempre a la fuga- me da por pensar que todas las aguas que amamos tú y yo en el verano estarán ya en el Atlántico, y que cuando llegué la fría tarde de crudo invierno, a la que no quiere llegar ningún romance, serán un témpano en el ártico sobre el que remarán su amor de hielo una pareja de pinguinos.

Publicado en el periodico digital
Salamanca Rtv al Día

Ángel de Arriba Sánchez
El Escribidor del Tormes

jueves, 8 de septiembre de 2016

La llave

Puerta en Miranda del Castañar, en la salmantina Sierra de Francia.
Dicen que el hombre volvió después de muchos años.
Algunas calles aún le reconocían; por los rasgos, se entiende.
Hubo un chopo que dijo que ese, que ese, el que iba paseando sombra por todo equipaje,era el que le rasgó con una navaja un corazón con una flecha y nombre que le costó 30 años cicatrizar.Pero el viejo castaño, y el enorme roble del oeste, y hasta el pinar entero le vino a decir que eran cosas de la juventud de los humanos. Y que si ellos supieran las grafías que había tenido que curarse..., comentó el más noble nogal que se tenía un constipado de aúpa.
El viento cierzo, que dormía aún en la gruta del río, se despertó por el chivatazo de una lechuza.
Y el que vino,ese hombre que regresó, avanzaba sobre el sonido de sus pasos en el empedrado hasta la que fue la casa de los suyos.
La lechuza le ponía sus ojos de semáforo,un perro le ladró cuatro veces, la bombilla de una farola parapadeaba, y el viento del norte, aún en camisón, le increpaba en los callejones estrechos.
El viajero llegó hasta la puerta de la morada de sus ancestros, la que había sido la casa de su niñez.Y traía tres llaves en su zamarra: la de la muerte, la de la vida y la de la querencia.
Cuentan que estas tres abrieron bien los resortes de sus cerraduras. Pero se dio cuenta de que que había en la puerta una cuarta que impedía la entrada.
Aún se habla en el pueblo sobre el misterio de esa puerta, la que el hombre no consiguió abrir a pesar de intentarlo durante días.
Luego, como vino, el viajero se fue.
Y llevaba en sus bolsillos tres llaves: la de la vida,la del querer, la de la muerte. Y el largo  pesar de una cerradura: la del olvido.
Pero también cuentan que ese hombre, a muchos kilómetros de aquí y algunos años después, encontró junto al mar la manera de abrilala y traspasar aquella puerta lejana. Fue con la emoción; con la que de repente se sintió anegado en la tarde lluviosa.
Y en ese instante supo que la cuarta llave de la casa de los suyos siempre había estado, y estaría, en su interior.


Publicado en el perioico digital

Salamanca Rtv al Día, 

28 de septiembre de 2016.

Ángel de Arriba Sánchez
El Escribidor del Tormes


domingo, 12 de junio de 2016

Sucede en Mogarraz


El pasado sábado, 4 de junio, se desarrolló en la Villa serrana deMogarraz el IV certamen de Pintura Rápida “Florencio Maíllo”. De tal evento se dio ( y se da, puedes repasarlo) cumplido reportaje en este diario digital Salamanca Rtv al Día con estupendo reportaje fotográfico de Kiko. También se imprimieron en las celulosas de los quioscos, y vagaron por las ondas hasta tus ojos y oídos los pormenores de este meritorio combate con la nada que se gastan los lienzos. Pero no viene mal recordarlos aquí: 58 participantes (48 adultos, 2 juveniles y 8 infantiles) 4000 € repartidos en premios, y diploma para cada uno de los concursantes.
Y de sí hacía un día precioso, y de que el cielo lucía tan limpio y fresco que parecía de loza fina, ignoro si lo contó algún noticiario, pero ya queda apuntado aquí.

Ocurrió que  tuve el honor de ser uno de los miembros del jurado de este certamen. No es que lo meta para fardar, no, sino que lo saco porque quiero contaron hoy mis impresiones, y una historia ya de paso.
Recuerdo ahora los mandados de mi madre a la tahona a por el blanco pan de dos kilos. Siempre el pan reciente se guadarba en la despensa, y en la mesa se repartía el que esperando, ya tenía algín día en su miga,pues no habría con medía panadería si se repartiera el crujiente, el calentito, el de la tentadora hornada. Y como asentadas tengo yo también las emociones de tan magnífica jornada, le requiero a la letra que me salga más pausada.
No conocía yo la dificultad de elegir entre tanto bueno. Ni el dolor de tener que abandonar querencias por impositivo numérico, pues aunque el certamen es donoso en premios (3 premios y 8 accésits para adultos, y 4 premios más para infantes y juveniles), pena me dio no poder premiar a algunos más. A algo de esto se deben de referir los chinos de milenaria sabiduría cuando, a modo de maldición, le dicen a alguien: “Ojalá vivas tiempos extraordinarios”. Qué puñeteros.
Este año el tema del concurso versaba sobre “Calles y paisajes mogarreños”. El primer premio (Pablo Rodríguez Lucas, de Fuenlabrada, 1600 €), representa una calleja cuyas casas sucumben, adolecen, mueren. Las vigas inundan la calle como en una riada de olvido, los balcones se desentienden de sobornar alturas, las fachadas se retuercen por los efectos de largas intemperies sin bridas. Sí: también los hogares nos añoran y se derriban cuando los abandonamos. Es un tema atrayente, del los que se ganan enseguida la simpatía de los ojos, acaso por un algo romántico, por un aroma de recuerdo dolido. El artista ha sabido, con sus quietos óleos, mostrarnos el vértigo trágico que acontece en el lienzo.
El segundo premio (Francisco Luna Galván, de Ronda, 1000 €), El autor rondeño (donde las sabias paletas y pinceles) es muy ducho en esto de llevarse certámenes, y se le nota. En un formato estrecho y largo que sacrifica la galanura de la torre, representa la plaza de la Iglesia, El Solano. Aquí lo que nos atrapa son las texturas algo ácidas y chorreantes del acrílico, las que apartan, por lo que dura la visión, a las fachadas de su vetustez de piedra y sombra, y les otorga un estar liviano, aéreo, carnoso; como de mejilla de colegiala.

El tercer premio fue otorgado por votación popular (500 €, y en esta ocasión fue para Francisco Tomás Medina Pérez, del salmantino Cabrerizos), y es un tema muy naturalista, de un pastoral paisaje hortelano, de los que tanto gusta ver en los salones de las casas sencillas.
Se entregaron además 8 accésits de 300 € cada uno. Y sobre uno de ellos, el conseguido por Mercedes Ballesteros López, me gustaría contaros ahora. Serían las premuras, o las musas descuidadas, las que hicieron que Mercedes se presentara a competir habiéndose olvidado el lienzo. Lejos de acobardarse, y como las bases permiten cualquier soporte, se hizo con una caja de cartón, que se sería de envases de huevos, o de botellas de aceite, la abrió, lo puso sobre su caballete, se ubicó, y convocó dutante el día a sus musas despiertas. Bocetó una de las telúricas calles de Mogarraz, y en la parte inferior pegó en collage hojas de periódico. Luego, próxima a sonar las 6 campanadas del final, en la esquina derecha superior hizo dos rasgones como de pugna navajera dejando entrar en su obra al aire serrano por el cartón. Acaso se andaba por los bajos de su ánimo, acaso por la esgrima de su furia con su impotencia, con su rabia. Esta lucha es la que a mí me pareció advertir, y así se lo pregunté entregados ya los oropeles, y por ello, desde el inicio,procuré para ella más laurel. Mercedes, cuando caía ya la noche, confirmó mi barrunto. Yo le dije, algo pedante, todo hay que decirlo, aquello de “El Arte sucede” de James Whistler. No me vino en aquel momento la  bíblica lucha de Jacob con el ángel, para subrayar la desigualdad de todo artista  con su creación, el desamparo de las ocasiones negadas, ni del arrojo desesperado de gritar: “¡No te dejaré hasta que no me bendigas!”, como creo siente todo autor con su obra.

Y terminando, que tendrás que hacer, te digo, paciente lector que te has llegado a este párrafo, que todo visitante que se acerca por esta singular villa de La Sierra de Francia, y callejea, bebe sus aguas, toma sus alimentos, otea el boscaje…, hace, con el solo concurso de sus impresiones, un improvisado, pero pasional y certero ejercicio artístico en el improvisado soporte de su emoción.
Por ello recomiendo que vengáis a Mogarraz, donde en cada instante de cada día sucede el arte.
Muchas gracias a los mogarreños por su amabilidad, a la meritoria alcaldesa Concha, al maestro  Florencio Maíllo que auspicia con su ejemplo tantas y tan fecundas horas de creación.
Fotos del autor:
Ángel de Arriba Sánchez

El Escribidor del Tormes


Publicado en el diario digital

Salamanca RTv al Día

jueves, 9 de junio de 2016

Érase en La Alberca

Eugenia Angulo, en La Alberca, el 6 de junio de 2016.
El domingo se desdecía ya del sufragio universal de posibilidad, frescura y alegría que entrega en cada una de sus mañanas.

Los restaurantes se vaciaban, los autobuses emprendían la ruta de retorno, las calles se quedaban descalzas y el pueblo doblaba en el cajón de las sombras el mantel de su gracia hasta el próximo día.

Caminaba yo entreteniendo el minutero hasta la hora de mi cita. 

Quise, como quiere volver un seco río, correr por el cauce de mi infancia; transcurrir como hoja perdida por el barrio donde habitaron mis abuelos.

" Como que te quiero sacar el parecido...¡Prenda! " me dijo Eugenia Angulo, albercana de 77 años que monumentaba como en una hora inmemorial sobre la peana de un poyo de granito.

Y nos dijimos, y se acercó su hermano Jesús, de 84 años. Y supe que él había montado el monte con mi abuelo, José María "Juan y Medio", y con tantos más. Y eso es que, donde hoy alientan los pinos como bordada saya de serrana, no había entonces más que matas, arbustos rastrillados por los aires, brezos, escobas, jaras sudorosas; rocas y lastras de pizarras en mazo como naipes de la olvidada partida del cámbrico. 

Jesús me habla de aquellos plantones acostados en la cuna de la tierra, y de lo poco que se confiaba hace 60 años en sus posibles, de que llegaran a alguna altura. "Pero mira ahora...", me comenta orgulloso, hay troncos que no los abarcarías, y me enseña el aro carnoso de sus brazos.

Me invitaron a su casa a tomar café, pero el reloj de la iglesia campaneaba y me delató mi prisa en el bostezo de la tarde, así que hube de irme lamentando dejar el buen momento y no aceptar la invitación de los hermanos. Me parecieron serranos sencillos, sufridos, con la importancia equilibrada..., y a los que yo veía como titanes: gentes que, nada memos, habían "montado el monte".

Me fui, y ahora sé que me gustaría tener en mis brazos la envergadura de los árboles que plantaron en aquellos tiempos aguantando fríos, el beso traicionero de la nieve, el aliento zalamero del viento solano, los cuchillos del cierzo..., para volver a darles un gran y conífero abrazo y unas calladas y diminutas gracias.

Publicado en el diario digital
Salamanca Rtv al Día

Ángel de Arriba Sánchez
El Escribidor del Tormes
Eugenia junto a su hermano Jesús, en La Alberca, el 6 de junio de 2016.
Vista de La Alberca, en la Sierra de Francia salmantina.

miércoles, 25 de mayo de 2016

Serás camimo

Cuando emprendas el camino a Ítaca
pide que el camino sea largo.
P. C. Kavafis.



Serás camino…
Joan, peregrina británica haciendo el camino jacobeo desde Sevilla. Teso de Aldeatejada, Salamanca, mayo de 2016.

...y soledad, y sudor, y el dolor de tus carnes, y diana de los dardos de la lluvia, y madera lijada por el viento, y cimiento de la nieve, y membrana donde resuene el ronco sonido del sol.

Y presa vulnerable para asaltadores, y nimia figura en el paisaje, y una honda alegría cuando compartas un chato de vino , un trozo de pan,una larga esperanza…

Y el soñado bajo la chatarra de las estrellas siempre serás tú mismo, y el agónico que se retuerce en las oscuras noches del alma.

Pero no te detengas, no te descalces en la cuneta ni te vacíes como una vieja zapatilla olvidada.
Miguel, peregrino jacobeo llegando a Salamanca desde Badajoz. Mayo de 2016.
Continúa andando,sigue el mudo reclamo de tus campanas, porque hay un replique callado y de júbilo esperándote.

Pero eso solo será cuando divises las torres de tu destino a lo lejos.
Jack, peregrino australiano haciendo el camino desde Málaga. Llegando a Salamanca, mayo de 2016.
Editado en el diario digital 
Salamanca rtv al Día.

Ángel de Arriba Sánchez
El Escribidor del Tormes

domingo, 1 de mayo de 2016

Hablando de libros y librerías

Feria del Libro en la Plaza mayor de Salamanca.
Siempre fueron los libros para mí lugares predilectos, a donde me llevaban sin que opusiera mucho esfuerzo, mis descalzas tardes de estudiante. Sí, lo volúmenes leídos son tierras que visité, ciudades que conocí, casas donde habité, gentes con quiénes viví.
 He frecuentado a menudo las librerías para hacerme con ellos, sobre todo una de ellas en mi juventud, la más grande de la ciudad, y allí hallaba concilio mi adolescencia tan desaforada, allí recibía comunión mi rebeldía de vida, al menos por unas horas, con la hostia ahuesada de las hojas de los libros. Allí conocí la primavera de las letras, en unos  tiempos en que la existencia, como suele ser a menudo la de todo joven, estaba tan desarbolada de certezas. Es de la célebre Cervantes de Salamanca de la librería que escribo, reciente y tristemente extinta. En ella trabajó un sabio dependiente durante 42 años: Eleuterio Alonso. Él siempre condescendía con mi monedero por lo mucho que le leía y lo poco que le compraba en los sótanos del local, y con el revuelo de páginas que le hacía a los volúmenes de los estantes. Y se estaba calentito en aquel lugar, y los sorbos de lectura que daba como colibrí a los libros, me iban calmando las ganas del saber; aunque a duras penas, como poco sacian también  los caldos de la  beneficencia, y lo que te despiertan, más bien, son las hambres.
Entraban en el señero edificio de la calle Azafranal, en aquella alta pagoda de libros, los clientes pudientes con sus horas remansadas, y los profesores en busca de herramientas que movieran cátedra, que elevaran doctorado. Entraban los bien orlados y miraban las estanterías con cara de suficiencia, y los estudiantes, que aún trajinaban la cinta y la orla, salían de allí con los libros bajo el brazo como quien se lleva un azadón, una pala, un corvillo para su huerta. 
Eleuterio era  del mismo pueblo que mi padre: de Abusejo, y sin más diploma que los de la labor en el establecimiento. Hablaba de los textos que se le demandaban como si los conociera, como se solía decir, desde antes de que marcharan a la mili. Se sabía el linaje de cada título: si eran de buena pluma, de edición nombrada, de casa reputada, si habían llegado trajeados con su tapa dura de cartoné, o con los informales vaqueros de la encuadernación en rústica; de su venturoso o desventurado pase por sus estantes, y de si estaban agotados, o si de pedirlos vendrían rápidos por ser nacionales, o  habrían de llegar del otro lado de los océanos de la tinta desde la buena América que tantas hambres clandestinas sació en otros tiempos, o, si era el caso,  desde que otra parte del mundo habrían de acercarse.
Era, de cuando hablo, mil novecientos ochenta y tantos, y todavía nadie conjeturaba siquiera con trastos portátiles, ni que a los libros les iba a dar por batir sus alas, hacerse aéreos, echarse como gorriones al viento, y abandonar los nidales de los clásicos estantes. 
Era todavía la página un ancho ágora, era el papel oloroso como rosaleda de letras, era la letra de molde hiriendo la hoja como manos lascivas piel de amante entregada. Era el polvo bailando en la lanza de luz que entraba por las ventanas de las bibliotecas municipales. Era la hojarasca sonora del silencio de la lectura, y del claro susurro de los párrafos entre las manos… Eran, en fin, horas de leerse la vida en la noche, en un cuarto de alquiler, bajo la luz de una bombilla de 60 sintiendo la fiebre fresca de un resucitado.
Fueron los tiempos en los que adquirí “Cien años de soledad” de García Márquez en la feria del Libro de la Plaza Mayor salmantina, o “El nombre de la rosa” de Eco, “Esperando a Godot” de Samuel Beckett, “Memorias de Adriano” de Yourcenar, "La insoportable levedad del ser" de Kundera… Obras estas que me gustaría se me olvidaran para tener el placer de volverlas a descubrir, o acaso porque tengo la esperanza que maneja todo  lector que abre un libro: que los párrafos le lleven a la ilusión juventud. Supe  entonces que los parques eran buen lugar también para leer, y para ver pasar por allí a damas con perritos, como salidas de un cuento de Chéjov. O en los autobuses donde viajaban cándidas estudiantes con la francesa boina del poema de Neruda. También comprobé, que en los cafés, poner una descompostura lectora dejaba buena estampa y era buen inicio para ligar. Y, sí, alguna vez acertó el cliché, y mi libro nos sirvió de lecho y de almohada para trémulas las lecturas de la carne.
Día del Libro en los soportales de la Plaza Mayor de Salamanca. 23 de abril de 2016.
Luego, andando los caminos y los años, acaso inclinado por una especie de vocación,  vine a ser librero durante quince años.

Ahora mayo, y como cada año en el ágora ciudadana crecerán los jardines de las feriales casetas libreras. En estos tiempos de contumaz crisis, las librerías están sufriendo, como tantos otros sectores. Según las estadísticas, cada día se cierran en España dos librerías. Triste noticia, sí, aunque es reconfortante que se abran también nuevas con atractivos complementos, que reactiven sus acciones culturales y sociales, y que  hasta las más castizas se reformen para tomar los trenes de estos tiempos, pues lo importante es  seguir repartiendo la grana de la letra.
Y es que se lee más que nunca.
Siempre buscaremos los contenidos que nos demandan nuestras entrañas, como siempre la humanidad los ha buscado, estuvieran estos grafiados en las estrellas, en tablas de barro, en tercas piedras, en papiros, códices monacales, o en fértiles libros. 
Hoy esos susurros de la vida y de la experiencia de los hombres gustan de ir por los aires, pero siempre terminan posándose, como los  estorninos al atardecer, en las mismas arboledas: en los insondables ojos de todo ávido lector.

Artículo editato en el nº 6 del periódico mensual
Salamanca al Día. Mayo de 2016


Ángel de Arriba Sánchez
El Escribidor del Tormes

Feria del Libro en la Plaza Mayor de Salamanca.




miércoles, 2 de marzo de 2016

Carta a una madre...

Había un día en marzo que era el de "Los Ángeles Custodios". Por ello mi madre se llama María Ángeles, y por ella, yo Ángel. Era el primero de mes, el día de su cumpleaños, y en este son 76 los que hace.

Por los demás, mi madre es una mujer con sus defectos ( y quién no), y con sus virtudes (a quién le faltan). Pero una madre es aquella a la que uno le merma lo malo y le pone lo bueno, porque quién es el listo que sabe desdecir a la sangre..., ¿O no? 

No hace mucho vino a mi casa y en seguida se me puso a zurcir los pantalones que yo ya tenía para el trapero. Y mientras ella cosía, yo le hice un apunte desdeñando sus negativas: !Qué haces hijo..., que estoy sin peinar, tan vieja, con estas arrugas, y en bata... Anda prenda, que cualquiera que me vea!

Pudor de madre, y orgullo de hijo, el que dice que esa mujer es la que dio la primera puntada de su vida. Cómo decirle que sus arrugas son para mí como medallas en pecho militar. 

Es una mujer sencilla, sufrida , trabajadora, serrana (de La Alberca, en la salmantina Sierra de Francia), y como tal tiene su carácter particular... Pero como la tuya, como todas la madres, se ha afanado, y se afanará hasta el final, en cumplir los recados de la naturaleza y de sus entrañas como mejor puede; porque esta vida para pocos es de seda, sino de esparto en la que hay que hacer apaños con los hilos que deja, y la tarea es remediar los rotos, y zurcir, y zurcir mucho en silencio y anonimato.

Le hice muchas trastadas en mi niñez y juventud, pero siempre, al regresar de la discoteca, ella había dejado las sobras de la cena al calor de las brasas: esa pesca, ese pollo, ese torrezno en un plato tapado...

Esas cosas nimias, ya sabéis, pero que te anclan en la vida.

Me gusta mucho recibir carta suya desde el pueblo con sus grandes y deshilachadas letras, pero que a mi me parecen flores bordadas en el lienzo albo del folio. Hoy le respondo con estas letrillas, y me gustaría que no fueran para ella sola, sino para todas las madres.

Ahora el calendario nos ha pasado el día de los buenos cuidados angélicos a octubre. Pero yo, María Ángeles, te felicito doblemente igual. Gracias, madre, y perdona por no tener de nuevo para regalarte mas que mi cariño.


Publicado en mi columna  del periódico digital  
Salamanca rtv al Día


Ángel de Arriba Sánchez
El Escribidor del Tormes
Mi madre, María Ángeles, en esos años de juventud que nunca acaban de perder, a nuestros ojos, las madres.

lunes, 29 de febrero de 2016

Enamorando cenizas

Calle de la La Alberca, en la Sierra de Francia salmantina.
Al despertar el día apenas trae la claridad de una candela.

Noto como si saliera de una masa de tempura, de un rebozo de sueños fermentados que se han freído lentamente en el aceite oscuro de la noche. Me ocurre lo que a tantos en esta parada, fonda y humilladero del invierno que es febrero: que me andan por el cuerpo las chirigotas de la gripe.

Día nueve, me digo, y martes… Salgo de la cama como quien fluye de un pantano, y ni siquiera la tercera taza de café logra abrir la trapa de mi ánimo para que empiece la mercadería con las cosas del mundo. Recojo el periódico, lo hojeo y sus columnas me parecen largas dunas de arena. El rastreo estéril que me hago se me llena al poco de polichinelas, de acrobáticos pierrots, de bufones, de títeres irreverentes, embozados de asaltos institucionales…, y demás mascaradas de la política. Todo me vuelve a parecer distorsionado, esperpéntico, sin sentido concertado como cuando en los sueños de calentura de los que no me quiere rescatar la madrugada. Es entonces cuando caigo en la cuenta de que es Martes de Carnaval. 

Me asomo al balcón por ver si el día me reconoce. En la calle bufan los pitos del aire como en un desatado desfile carioca. Las sobremaquilladas nubes sueltan su lluvia como en latigazos de confites que se estrellan contra las ventanas. Siento un frío ajeno, y el cuerpo comienza a danzar una tiritona que parece el baile de san Vito. 

¡Pues anda! -acierto a decirme- con lo que tengo que hacer y hoy se me llega todo disfrazado. Y es que –me cuenta el diario- hasta los tiempos parecen camuflarse, que el año, el 4714 de la era china, se nos ha puesto la careta de un mono ígneo. 

Decido, para huir de la pantomima en la que me quiere enredar todo, ponerme a las tareas de la casa: a recoger la ropa del tendedero cubierto, a poner el lavavajillas, a cocinar…, esas cosas que tanto restauran en la realidad. Pero noto mis patosos andares por la casa, mis pasos traqueteados, la torpeza de mis haceres y esquivos de los desvaríos que corretean por mi cabeza. Sonrío, y me digo que a cualquiera que me viera le parecería un “patahenos” albercano; esos carnavaleros personajes enfundados como almohadones en un saco de seca hierba y con más voluntad que equilibrio para zafarse de los envistes de un astado burlesco. Y es que eso es mi conciencia: una correría, una cencerrada, una tauromaquia de pensamientos que me envisten como el “mozo-toro” a los patahenos referidos, o como “la tora”, tauro de igual juego y cometido callejero, hace a las gentes en Miranda del Castañar, Villanueva del Conde, Cepeda, u otros lugares serranos; o como “la osa”, que es la que persigue a las de San Martín del Castañar, en cualquier mañana del martes más bufo del año.
Calle de la La Alberca, en la Sierra de Francia salmantina.
Un buen caldo es lo que necesito -me recomiendo- y me pongo con las hortalizas, las verduras, el pernicote del jamón navideño, con las carnes. Según pelo las hortalizas, la flojera de mis dedos me delata y llego a sentirme como el “pelele” de la festividad de Santa Águeda en Zamarramala, lugar segoviano a donde tantas veces subí para dibujar el bello perfil de la ciudad del Eresma. Sigo con los trajines guisanderos, y se me impone la imagen de una mujer en penumbra de cocina. Acaso la tarde vaya crecida, acaso la lumbre meza sus llamas como mecen los ríos sus aguas, y ella pela las patatas para hacer el puchero de la cena. Yo entro de puntillas y me escondo para sorprenderla en su soledad hacendosa. Esa mujer bien puede ser mi abuela, o la tuya; mi madre, o la vuestra…, o cualquiera de las que ahora aparecen en mi fiebre con oscuro sombrero, la cara tapada por un pañuelo, florido mantón de Manila, y coloridas sayas que baten frenéticas su baile…, y profieren alaridos y gritos que no entiendo. Son las carnavalescas “maragatas” albercanas que también acuden a mi delirio, aquellas que aunque buenas y daban caramelos, tanto me asustaban en mi infancia por su terco ocultamiento.

Y es que así se nos oculta la vida, y así no entendemos a veces las sencillas cosas de los ancestros, aquellos que se pasaron sus días disfrazando la cruda realidad para regocijo nuestro. Me acuerdo de la anciana que trocaba la negra máscara de la salud en su rostro para sonreír a sus nietos, de la mano que ponía un membrillo en los armarios para vestir las humedades con velos de doncella; del carpintero que hacía salir de las tablas al caballito balancín; del agricultor que ponía mantones de mies en la tierra, y frutos por los huertos.

Y de lo que lograban las mujeres, en ese gran carnaval que es siempre una cocina, disfrazando el sabor de los alimentos con sus cominos, sus tomillos, la hojita del laurel; o quitándole al nabo su terco sabor a invierno, o poniéndole a la parca berza la verbena que siempre arma de un buen sofrito , o, ya el culmen del disfraz, rebozando la humilde patata para que se sintiera con importancia.

Y dejémoslo aquí, que, como me advirtió mi madre, cuando se añade el pimentón, has de hacerlo con la sartén retirada del fuego, que si no, nadie aguanta el chamusco que le hace el aceite.

E igual ocurre con los guisos de la imaginación.

Dejo aquí, ya en miércoles de ceniza y con los ojos aún de las sardinas, estos párrafos surgidos de un estado febril y que no sé muy bien que me cuentan. Acaso un poco de todo y o de nada; como esa melaza que hacen los cítricos, el chorizo, los huevos, su chorrito de vino, a veces su escabeche o un trocito de carne asada.., y que es el más típico plato de carnaval por las tierras de La Sierra de Francia: esa ensalada alucinada que tanto me gusta llamado “el limón serrano”.

Todo va a ser que es fiebre de escribidor la de camuflar las cosas con sus letras, en un empeño quevediano, y siempre carnavalesco, de seducir al tiempo ido, de encender de nuevo las pavesas de la emoción, y de enamorar las cenizas del recuerdo.
Publicado en el nº 33 de
El Periódico de la Sierra de Salamanca,
y
 en el periódico digital
Salamanca rtv al Día.

Ángel de Arriba Sánchez
El escribidor del Tormes
Calle de la La Alberca, en la Sierra de Francia salmantina.

martes, 23 de febrero de 2016

Era un febrero varado


Retrato de Antonio Machado Ruiz.

 Era un año desgarrado aquel de 1939.

Era un febrero varado en el exilio como un gran cetáceo en las playas agónicas de Europa. Era un día 22, Miércoles de Ceniza, para más señas. Era un hombre menudo, recio, de torpe aliño indumentario , ya sabéis, que a finales de enero había cruzado la frontera francesa, como tantos bajo la lluvia, él con una larga pena y una anciana madre. Y llevaba en su cartera apenas unos billetes republicanos que no encontraban canje. Era toda su riqueza, fruto de su última publicación, así que les tuvieron que invitar a un café, y según se sabe, también a un trozo de pan con queso.

Era un poeta que no tenía ni para tabaco, ni para la tinta de sus versos. 

Era un maestro que sabía callar su poema como callan los campos de Castilla para que escuchemos nuestra voz.
Dicen que cuando tomó el barco que nunca torna, lo encontraron ligero de equipaje, y que en sus bolsillos navegaba su último verso : "Estos días azules y este sol de la infancia" .

Desde entonces estas palabras nos llegan cada año a los destierros de la hora como moneda que nunca vence, y son, como el cielo, azules y llenas de la posibilidad que siempre entrega la alta poesía, la libertad y la esperanza.

Y saben a pan blanco, a queso tierno y a hombre sabio y bueno.

publicado en el periódico digital
Salamanca rtv al Día,
lunes 22 de febero de 2016, 
77º aniversario de la muerte de don Antonio Machado.

Ángel de Arriba Sánchez
El Escribidor del Tormes




Sepultura de Machado en Collioure


martes, 26 de enero de 2016

Así que el año echa a andar


Homenaje a la emigración, 
y especialmente a la de mi tierra  La Sierra de Francia. 


Enero me llega con el  olor de las naranjas, con el blanco sideral de la leche, con luz parpadeante, nostálgica, fluorescente de una vieja estación de autobuses.

Esto tiene su porqué, como las insignificantes cosas que como calderilla en los bolsillos, sin embargo, son las que nos permiten seguir metiendo en la ranura de la máquina de la vida para echar otra partida en este juego que jugamos cada día.

Ocurre que en este inaugural mes, a mí me da por mirar hacia atrás y hacia adelante como aquel bifronte dios Jano - al que debe su nombre- y cuyas mitologías se saben bien las enciclopedias. Así que acostumbro en estas terneces del calendario a volver la vista a mí ayer, al olor de aquellas lustrosas naranjas que había siempre en los  zapatos el día de Reyes. Eran enormes, como quiere ser todo aquello que se rememora, muy jugosas, y con unos gajos tan bien formados que parecían suertes de bancales serranos. Además, puestos a significar datos, venían vestidas como de domingo con aquel cantarín papel de seda. Habían sido de los regalos más preciados, me decían mis mayores, aunque ya no lo eran en mi infancia. No acaba de entender yo que en una tierra tan frutal: de tanta uva rufete, manzanas, peras, melocotones, cerezas, madroños, caquis, ñoquis, ciruelas…, y demás obsequios de los huertos, se le rindiera  por nuestro oeste tanto tributo a esas esferas engreídas del levante.

Por lo demás, el resto de los regalos que dejaban en nuestras albarcas sus majestades, tenían el glamur apocado y utilitario de las berzas: unas carteras escolares, gruesos calcetines de lana, una navaja para los almuerzos campestres, cuadernos, acaso un librito para colorear y, alguna vez, una caja de rotuladores de mucho empaque que habían llegado de Alemania.

En cuanto a mi antojo lácteo para el mes zaguán del año, la cosa viene también de aquellos entonces. Ocurría que cada día del año, metidos en la atardecida, el primero de los hermanos que llegara a la casa fatigado de sus correrías, había de tomar la lechera de aluminio de dos litros, e irse de mandado al recaudo de la leche. Y por lo que sigue, ése era casi siempre el que os entretiene con estas letras. Así que tomaba el recipiente, y arremolinando vueltas por su asa, me acercaba hasta el negocio añoso de la señora Maruja, la panadera de Sequeros. Era ella la que siempre me servía, aunque a veces también su esposo,  Manuel. Era entrar en aquel enorme obrador, y yo sentía el beso de tornillo del calor prófugo del horno de barro, y las remembranzas de la combustión de la leña de roble o de las  encinas de las dehesas. Luego, sobre una mesa de tablas enharinadas de años, Maruja iba vertiendo con su cuartillo en mi lechera, mientras yo regoloseaba los bollitos de azúcar que por 5 pesetas bajamos a comprar en los recreos escolares, o sus cocos de piramidal sabor, o sus mantecados, o los roscones recién devorados, o, cómo no, sus perrunillas enjoyadas con una almendra perlada que ya la quisieran para sí muchas coronas reales. Para mí, con el tiempo, esto de ir por la leche, se convirtió en acto de guardar, pues a menudo me caía algún dulce. Cada día, el momento que más me agradaba era cuando cumplida la cantidad, la buena señora me miraba, me dedicaba una sonrisa crecida; como de miga de magdalena, metía de nuevo el cacillo en la gran caldereta vacuna de cinc, y  vertía en mi lechera un poquito más de leche; eso que se decía “la chorrada”.

Una de aquellas noches, cuando nos despedíamos en su puerta, ambos mirábamos la gran luna llena que, como una gran masa para hornear en nuestros ojos, fermentaba en la oscuridad. La señora Maruja hubo de advertirlo en mi cara no menos blanca, y me dijo: “No sabes que la luna de enero es la más vistosa del año, y sus estrellas, cuando ésta se apaga, de las que más guiñan sus ojos, y son días en que si sabes pedir con corazón, siempre te conceden tu deseo”. Y nada respondí, recuerdo, pero acaso pensaría que hombre, en mis años de chiquillería, no me entretenía yo en esas observaciones. Claro que…, sus palabras me calaron hasta hoy, y será porque si venían de ella, mujer a la que yo tenía como gran sacerdotisa; la sabia de mullidas manos, la que en ese templo que me parecía su tahona nos obraba la homilía diaria de su  pan, y la más festiva de los hornazos dulces o amarillos por los abriles cuaresmales, y nos asaba un tostón o un cabrito cuando teníamos visita o celebración, pues…

Es también en este primer apeadero del año cuando el b¡fronte dios que ya conoces, gira su cabeza y mira hacia adelante: hacia el mañana que quiere ser cada hoy. Y me veo siempre en el silencio de una cocina, entre el rumor sordo de las ollas, de las cacerolas dormidas, de las sartenes que escondían su culo corrupto de tantos guisos, y bajo la llovizna de una bombilla de 60 donde ovilla la escasa luz una polilla. Siempre me llega también enero con pensamientos viajeros, como me llegó tantas veces en mi juventud apenas el año echaba a andar,  cuando después de la visita navideña había de partir a alguna parte: Oviedo, Salamanca,  Principado de Andorra, Burgos cuando el Servicio Militar, Segovia…, o esa provincia donde uno siempre es extranjero y que es otra forma de ser uno mismo.


Sí, enero significaba partida,  peregrinación a algún lugar donde ganarse las legumbres. Era entrar en una  madrugada de farolas legañosas en el que sentías como en camisa que  queda chica; como  en zapatos que muerden con su apriete. Así era para mí, y para tantos, acaso por esa recurrente vocación migrante que parece tener el serrano. Cuántas veces, rota la  maldormida de la última noche, alguien  se ha sentado en un escaño de tabla dura a esperar sobre la mesa pobre, pero solícita, que le sirvan el café con leche y achicoria, y unas rebanadas de pan frito en manteca. Mientras, se oye al fondo la voz oracular de una mujer –una abuela, una madre, una hermana, una esposa- que trajina apresurada por las alcobas, rematando la maleta y comentando que  había remendado el último pantalón y puesto coderas a la chaqueta el día anterior, zurciendo -dice con orgullo que se advierte y sabe a agua de caño- hasta las tantas. Pero el viajero solo atiende al crepitar de los sarmientos de la lumbre incipiente y sufre porque el fuego ya no será para él. Y escucha por las huídas del silencio el motor del viejo frigorífico como buscando latidos al corazón del instante que se le está muriendo en el quirófano de la hora que le trastierra otra vez.

Recuerdo cuando subíamos la calle en aquella hora de éxodo. Y llegábamos a la parada poco antes de que el coche de línea llegara desde Villanueva del Conde lento, tozudo y mecánico como un cangrejo de río, pero que aún  no sé por qué en mi memoria va liviano y feroz como bólido.

Es ya la hora: el monstruo de grandes fauces ha llegado.

Mi madre saca de su pañuelo un billete azul Zuloaga tan bien dobladito que tardaré meses en canjearlo aun cuando lo necesite. Sueltas tu macuto en el buche de la bestia, y en un descuido, ella mete una castaña en tu chaquetón. “Que trae suerte, ¡Mi prenda!”, dice con cara helada de medalla de acero. “¡Ande madre, quite, quite…, que yo no soy de estas chorradas…!”, pero comienzas a cuajarte como una quesada, y para disimular sonríes con el poco lustre de una baratija, o acaso porque te acuerdas de lo que ella te contó: de aquellas dos hermanas de La Alberca que mercadeaban lugares anunciando: “¡Las mejores castañas de la Sierra de Francia: la mía…, y la de mi hermana…!”

Ahora, en una cocina urbana, de nuevo 7 de enero. Lamento que estos silenciosos  frigoríficos de última generación no le pongan el pálpito que requiero a la madrugada, y que mi silla esté demasiado acolchada, y que la  cafetera de cápsulas haga tan buen café, y que falte la consagración de un fuego de chimenea, y que el pensamiento se me llene con las cenizas del ayer. Aprieto, si embargo, en mi mano una castaña, miro por la ventana un cielo sin luna, pero se la pongo bien llena, la más grande del año ha de ser, oronda y cumplida como una buena naranja, y luego saboreo su luz cítrica y vitamínica que hará -me dijeron una vez-  fructificar los sueños que quedan por soñar.



Texto e ilustración publicado en el nº 32
de "El Periódico de la Sierra de Salamanca",
en el 
periódico digital Salamanca Rtv al Día.


Ángel de arriba Sánchez
El Escribidor del Tormes